martes, 11 de septiembre de 2012

MIREN ESTO


Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta.  
-¿Dios creó todo lo que existe?
Un estudiante contestó valiente:
-Sí, lo hizo.
-¿Dios creó todo?
-Sí señor, respondió el joven.
El profesor contestó, -Si Dios creó todo, entonces Dios hizo el mal, pues el mal existe y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo. El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe era un mito.
Otro estudiante levantó su mano y dijo:
-¿Puedo hacer una pregunta, profesor?
-Por supuesto, respondió el profesor.
El joven se puso de pie y preguntó:
-¿Profesor, existe el frío?
-¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?
El muchacho respondió: -De hecho, señor, el frío no existe.
Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.

-Y, ¿existe la oscuridad?, continuó el estudiante.
El profesor respondió:
-Por supuesto.
El estudiante contestó:
-Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.
La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio terminado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:
-Señor, ¿existe el mal?
El profesor respondió:
-Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.
A lo que el estudiante respondió:
-El mal no existe, señor, o al menos no existe por si mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor, después de asentir con la cabeza, se quedó callado.

El nombre del joven era: Albert Einstein



lunes, 10 de septiembre de 2012

La vida cristiana


La vida cristiana no consiste solamente en cumplir unos cuantos preceptos, es acercarse a la vida de la gracia para parecerse cada vez más a Cristo Jesús.
El modo que tiene cada hombre de unirse con Dios es parecerse al Hijo de Dios: Jesús. Esto se realiza por la gracia que nos mereció en la Cruz.
El Sermón del Monte acaba con recomendaciones positivas que se pueden resumir en una cosa: Vivir en presencia de Dios, vivir cara a Dios.
De vivir cara a Dios surgirá el dar limosna, hacer oración, ayuno, usar bien el dinero, no perder la serenidad.
El que vive esta nueva vida juzga a los demás con rectitud, acude a Dios en sus necesidades…
En resumen, dice el Señor: -Tratad a los demás como queréis que os traten; en esto consiste la Ley y los profetas. (Mt. 7, 12).
El que así obra alcanzará la vida eterna aunque el camino sea estrecho. Dará frutos buenos y abundantes, construirá sobre roca y no sobre arena, de modo que las dificultades no le destruyan.
San Mateo nos dice que «al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza porque lo enseñaba con autoridad y no como los escribas» (Mt. 7, 28-29).
Esta reacción es lógica, pues indica el modo divino, concreto y práctico de alcanzar la felicidad en esta tierra y en el cielo.
El resumen de la vida cristiana lo hizo el propio Jesús cuando resumió los mandamientos en: AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS Y AL PRÓJIMO COMO A UNO MISMO.

La identificación con Cristo
La vida moral cristiana no se reduce al cumplimiento de una serie de sabios preceptos. Aunque esto es necesario, la vida cristiana es mucho más. San Pablo lo explica frecuentemente diciendo que es «vivir en Cristo». Esta vida es semejante a la unión de un sarmiento a la vid como indica el mismo Jesús, o como la de un miembro que forma parte de un cuerpo vivo.
Estos ejemplos ilustran que en el alma del cristiano hay una nueva vida. Dios está presente en el alma de un modo nuevo. El medio para estar Dios en el alma es la gracia, que es un don de Dios por el que está presente en el alma y la vivifica. Como dice San Pedro, el hombre, con la gracia, se hace «participante de la naturaleza divina».
Así, podemos comprender mejor los testimonios de Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». (Jn. 14, 6). En Jesús la humanidad y la divinidad están unidas tan íntimamente, que es una sola Persona. La humanidad del Señor ha sido asumida por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, el Verbo de Dios. Es imposible una unión mayor entre lo humano y Dios.
El modo que tiene cada hombre de unirse con Dios es parecerse al Hijo de Dios: Jesús. Esto se realiza por la gracia que nos mereció en la Cruz. Por la gracia se borra el pecado, se sanan las heridas y debilidades humanas y además el hombre se va pareciendo cada vez más a Cristo. Si el hombre es muy fiel a Dios llegará a identificarse cada vez más con Cristo. Esto es obra de la gracia, pues como dijo Jesús: «El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí, no podéis hacer nada»(Jn. 15, 5).
«Vivo yo, pero no yo: es Cristo quien vive en mí.»
«Corred, pues, de modo que lo alcancéis.»
También es necesaria la correspondencia libre del hombre, que puede resistirse o cooperar con la gracia.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El Hijo del Hombre


¿Por qué Jesús se llamaba a si mismo “El Hijo del Hombre”? En el estudio de la Biblia está la respuesta.


De los títulos aplicados a Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, ninguno aparece tan frecuentemente como el de "Hijo del Hombre". En muchas partes Jesús revela este misterioso nombre en sus conversaciones y su predicación. A pesar de ser un título que se menciona tantas veces, no es fácil comprender qué significa exactamente. Esto no debe sorprendernos, porque aún los contemporáneos de Jesús se intrigaban ante este título e incluso decían "¿Quién es este Hijo del Hombre?" (Jn 12 34)
La pregunta no ha perdido vigencia a lo largo de los siglos y aún hoy seguimos preguntándonos a qué se refería Jesús se describía a si mismo con el título de "Hijo del Hombre".
En primer lugar explicaremos que Jesús no fue el primero o el único en usar esta expresión. De hecho, aparece más de 100 veces en el Antiguo Testamento.
En muchos contextos significa "ser humano" o "simple mortal" (Num 23 19; Job 25 6; Sal 8 4; Si 17 30), y puede aplicarse a hombres como el profeta Ezequiel (Ez 2 1-3) o Daniel (Dn 8 17). En algunos pasajes del Evangelio parece que Jesús habla de sí mismo en dicha forma para enfatizar su total solidaridad con la humanidad. En este sentido Jesús es el "Hijo del Hombre" porque posee un cuerpo auténticamente humano (Jn 6 53) y tiene la capacidad de actividades humanas como descansar (Mt 8 20), comer y beber (Lc 7 34), sufrir (Mc 8 31) y yacer en una tumba. (Mt 12 40)
Pero existe algo más, escondido en la expresión "Hijo del Hombre". En ciertos contextos explica posibilidades más allá de las limitaciones humanas. A veces Jesús se refiere a sí mismo, explicando sus prerrogativas divinas. El Hijo del Hombre puede perdonar los pecados (Mc 2:10), suspender el Sabbath (Mc 2 28), juzgar (Jn 5 27) e incluso haber sido enviado desde el Cielo. (Jn 3 31) ¿Jesús pensaba que con este título sus discípulos podrían entender que esta expresión en apariencia tan simple podría reclamar potestades tan grandes?.
La respuesta a esta última pregunta nos lleva, nuevamente, al Antiguo Testamento. En esta ocasión al Libro de Daniel, donde el profeta describe en un capítulo entero una visión terrible: (Dn 7 1-28)
Daniel ve cuatro bestias que salen del mar, cada una luce más feroz y poderosa que la anterior. Estas criaturas monstruosas representan los imperios paganos notoriamente hostiles a Israel. Instigan a la guerra sin misericordia. Estos monstruos instigan la guerra contra el Pueblo de Dios. De pronto, la escena cambia de la tierra al Cielo, donde la corte celestial está en sesión y el Señor sentado en Su trono. (Dn 7 9).
En Su presencia llega una figura gloriosa, "como un Hijo de Hombre", "alguien parecido a un ser humano" que llegó sobre las nubes del cielo. (Dn 7 13) Este "Hijo del Hombre" fue presentado al Señor (en esta pasaje se muestra a un anciano, motivo por el cual suele representarse a Dios Padre como un hombre mayor y barbado). La corte celestial le otorga poder, honor y el reino de todos los pueblos, naciones y lenguas en un poder eterno que no será destruido.
Con esta coronación, la corte parece pronunciar un veredicto de condena a las cuatro bestias, desvistiéndolas de su poder y quedando bajo el dominio del "Hijo del Hombre" y de los "santos" de Dios (Dn 7 26-27).
Aquí vemos un "Hijo del hombre" que luce más como un divino y glorioso Mesías, muy diferente a un "simple mortal". Él es el Rey del Universo, con autoridad sobre todas las naciones. Es imposible pensar que Jesús adoptara para si mismo este título de "El Hijo del Hombre" sin que nos lleve a la mente a la memorable visión de Daniel.
Jesús hace alusiones indiscutibles a este pasaje de Daniel. (Mt 19 28; 24 30; 25 31) En estas ocasiones, vemos a Jesús enseñando a sus discípulos por medio de las Escrituras acerca de su propia realeza y de la autoridad que tiene para triunfar sobre el mal. Aún en su propio juicio ante el Sanedrín, Jesús dice a sus acusadores que es el Hijo del Hombre y que su padre le brindará el trono celestial (Mt 26 62; Mc 14 62).
El "Hijo del Hombre" es una expresión que nos dice mucho sobre el Mesías y su misión. Sus raíces en el Antiguo Testamento pueden mostrarnos la versatilidad y significados completos. Este título, además, nos eleva a los humanos y mortales a una promesa gloriosa para estar junto al Padre. Entonces "¿Quién es este Hijo del Hombre?" Es Jesucristo, quien conquistó al demonio y que ahora está en el Cielo, ejerciendo su poder sobre Israel y todas las naciones de su Reino Universal, la Iglesia. (Mc 16 19; Hch 7 56; Ap 14 14-16).
Traducido y usado con permiso del libro "Gospel of Luke" p. 55, Scott Hahn y Curtis Mitch, Ignatius Press, San Francisco (Nihil Obstat: +Mons. J. Warren Oyeran, ST.D. .; Imprimatur: +William J. Levada, Arzobispo de San Francisco.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

QUINTA PARTE DEL TEME CULTIVAR LA FE EN LA FAMILIA


4. A modo de conclusión
En el V Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar en Valencia (España), el Papa Benedicto XVI recordaba que “transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente” (Benedicto XVI, 8 de julio de 2006).
El Papa añadía, de un modo muy hermoso y comprometedor, que “la criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas”.
Cuando un hijo pequeño empieza a preguntar a sus padres cómo es Dios, surge en algunos hogares una cierta inquietud: ¿estaremos preparados para introducir al hijo en el mundo del Evangelio? ¿Seremos capaces de ofrecer a los hijos un hogar semejante al de Nazaret?
Las preguntas inocentes del niño pueden convertirse en una ayuda providencial por la que Dios se vale para mover a los padres a elevar una oración confiada, para abrirse a la ayuda divina a la hora de afrontar con mayor entusiasmo sus compromisos como esposos llamados a la tarea de educar a los hijos en la fe.
“Padre Santo, los hijos que han nacido de nuestro amor existen porque Tú los amas desde toda la eternidad. Enséñanos a cuidarlos siempre con cariño exigente y con exigencia cariñosa. Danos luz y consejo para que podamos transmitirles las palabras de tu Hijo. Ayúdales a vivir según tu Amor. Protégelos de los peligros del mundo. Sobre todo, permítenos ser, como esposos y como padres, ejemplos limpios y alegres de tu bondad y de tu misericordia. Para que así, algún día, podamos cantar tu gloria, todos juntos, como familia, en el lugar que Cristo nos ha preparado en el cielo. Amén”.

martes, 4 de septiembre de 2012

El mejor padre

Un hombre, todavía no muy mayor, relataba a un amigo:
—Quise darle a mis hijos lo que yo nunca tuve. Entonces comencé a trabajar catorce horas diarias. No había para mí sábados ni domingos; consideraba que tomar vacaciones era locura o sacrilegio. Trabajaba día y noche. Mi único fin era el dinero, y no me paraba en nada para conseguirlo, porque quería darle a mis hijos lo que yo nunca tuve.
—Y... ¿lo lograste? —intervino el amigo.
—Claro que sí —contestó el hombre—: yo nunca tuve un padre agobiado, hosco, siempre de mal humor, preocupado, lleno de angustias y ansiedades, sin tiempo para jugar conmigo y entenderme. Ese es el padre que yo les di a mis hijos. Ahora ellos tienen lo que yo nunca tuve.

lunes, 3 de septiembre de 2012

CUARTA PARTE DEL TEMA CULTIVAR LA FE EN LA FAMILIA



3. Vivir el Evangelio en familia
Una fe sin obras, nos recuerda la Carta de Santiago, es estéril (cf. Sant 2,20). No entra en el Reino de los cielos el que dice “Señor, Señor”, sino el que cumple la Voluntad del Padre (cf. Mt 7,21).
La familia que reza, la familia que estudia su fe, también sabe vivir aquello que ha llevado a la oración, busca aplicar lo que ha conocido gracias a la bondad del Padre que nos ha hablado en su Hijo.
La mejor escuela para vivir como cristianos es la familia. Las indicaciones que podrían ofrecerse son muchísimas, como son muchas las enseñanzas morales que encontramos en la Biblia (los diez Mandamientos, el Sermón de la montaña, etc.) y que la Iglesia nos explica en la Tercera Parte del Catecismo. Como un resumen, el Catecismo enumera las 14 “obras de misericordia” (7 corporales y 7 espirituales) que ilustran ampliamente cuál es el modo de vivir según el Evangelio.
Para concretar un poco más cómo vivir evangélicamente, enumeremos algunos ámbitos en los que la familia se hace educadora en el arte de actuar como cristianos auténticos.
El primer ámbito, desde luego, es el de la propia familia. Vivir el Evangelio implica crear un clima en el hogar en el que se lleva a la práctica el principal mandamiento: la caridad. El amor debe ser el criterio para todo y para todos.
Ese amor se aprende, se hace vida, cuando los hijos ven cómo se tratan sus padres. Si los padres se aman profundamente, si saben darse el uno al otro como Cristo se dio por la Iglesia (cf. Ef 5,21-33), si saben perdonar hasta 70 veces 7 (cf. Mt 18,22), si confían en la Providencia más que en las cuentas del banco (cf. Mt 6,24-34), si ayudan al peregrino, al hambriento, al sediento, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,33-40)... los hijos habrán encontrado en la familia un auténtico “Evangelio vivo”.
Aprenderán entonces a dar gracias, a ayudar al necesitado, a compartir sus objetos personales, a escuchar a quien desea hablar, a dar un consejo a quien tenga dudas (de matemáticas o de fe...).
La caridad debe ser el criterio para lo que uno hace y para lo que uno deja de hacer. Por ello, la misma caridad lleva al católico a mortificar los apetitos de la carne, a controlar las propias pasiones, a huir de aquellos estilos de vida que nos atan al mundo, que nos llevan al egoísmo y a alejarnos de Dios y del prójimo.
No hay verdadera vida cristiana allí donde no hay abnegación. Hay vida cristiana allí donde cada uno renuncia al propio “yo”, cuando aprende a desapegarse de lo material para abrirse confiadamente a la providencia del Padre de los cielos (cf. el texto que ya citamos de Mt 6,24-34).
Aprender lo anterior resulta clave para lograr una familia auténticamente cristiana. ¿De qué manera puede conocer un hijo cómo se vive el Evangelio si ve en sus padres rencillas, malas palabras, afición por el dinero, críticas continuas a otros familiares o conocidos? Al revés, el hogar en el que Cristo ha entrado realmente en los corazones se convierte en un continuo testimonio de aquella caridad que nos plasmó el Espíritu Santo en 1Cor 13.
Un “capítulo” que resulta no fácil se refiere a modos de comportarse y de vestir, a diversiones, a objetos de uso. La sociedad crea necesidades y los hijos sienten una presión enorme que les hace desear lo que tienen otros y hacer lo que “todos hacen”. Los padres de familia sabrán discernir entre cosas sanas (como deportes no peligrosos y capaces de promover un buen espíritu de equipo) y “necesidades” que son falsas y que pueden llevar a los hijos a la ruina personal, incluso a la triste desgracia del pecado. Luchar contra corriente puede parecer duro, pero vale la pena si tenemos ante los ojos el premio que nos espera: la amistad con Cristo.
El segundo ámbito para vivir evangélicamente surge cuando la familia se abre a los demás. Tratamos con personas muy distintas en las mil encrucijadas de la vida. El corazón que aprende a vivir como cristiano descubre en cada uno la presencia del Amor del Padre, el deseo de Cristo de acogerlo en el número de los amigos, la acción del Espíritu Santo que susurra en los corazones y que los guía hacia la Verdad completa.
Un cristiano necesita ver a todos “con los ojos de Cristo” (cf. Benedicto XVI, encíclica “Deus caritas est” n. 18). Porque lo que se hace al hermano más pequeño es hecho al mismo Cristo (cf. Mt 25,40). Porque todos estamos invitados a ofrecer y a recibir cariño. Porque no hay amor más grande que el de dar la vida los unos por los otros (cf. 1Jn 3,16).
Esta actitud se plasma en actos concretos, que van desde el “enseñar al que no sabe” (las obras de misericordia espirituales) hasta el “visitar y cuidar a los enfermos” (las obras de misericordia corporales).
Es importante lo que uno hace por el necesitado, y es importante la actitud con la que se hace. Sirve de muy poco una limosna hecha con un rostro apático. En cambio, muchas veces llega más al corazón necesitado una mirada llena de afecto que la medicina regalada (desde luego, hay que velar también para que el enfermo tenga sus medicinas...). Los hijos que ven en sus padres actitudes profundas y gestos sinceros de amor al prójimo aprenden, más allá de las palabras, lo que significa ver a Cristo en los hermanos.
Vivir el Evangelio llega hasta el heroísmo de amar al propio enemigo (cf. Mt 5,43-48). Hay hogares en los que nunca se escucha una palabra de odio o de amargura hacia quienes ofendieron en el pasado (quizá un pasado muy reciente) a alguno de los miembros de la familia. Incluso hay hogares en los que los hijos admiran a sus padres cuando saben acoger, con los brazos abiertos, a alguien que les hizo daño, mucho daño...
La actitud profunda de amor a los otros lleva al apostolado, al compromiso continuo por conseguir que muchos hombres y mujeres lleguen a conocer a Cristo.
Es muy hermoso, en ese sentido, descubrir a familias que se convierten en “misioneras”. Saben comunicar, con su testimonio y con palabras oportunas, que Dios ama a todos, que Cristo ofrece la Salvación, que la Iglesia es la barca regalada por Dios para acometer la travesía que nos lleva a la Patria eterna.

Oración al Sagrado Corazón de Jesús

Oración al Sagrado Corazón de Jesús para una grave necesidad (rezar por tres días). Oh Divino Jesús que dijiste: «Pedid y recibiréis; b...