lunes, 22 de octubre de 2012

María va en busca de Isabel

La Niña Virgen  María camina cuesta arriba por la montaña para encontrarse con su prima y comunicarle el gran secreto divino: ¡El Redentor está entre nosotros!
Por aquellos días partió María y se fue apresuradamente a las montañas, a una ciudad de Judá. Y habiendo entrado en casa de Zacarías, saludó a Isabel. (Le 1, 39-40)
I
Es Ain-Karim el pueblecito de destino.
La Niña Virgen está llena de gozo. Tiene que comunicarlo. Y lo hace a aquella que, por la revelación del ángel, sabe que puede entenderla. Los demás que la rodean no creerían, y sería indiscreto publicar lo que el ángel le ha dicho, de parte de Dios, como un secreto.
Sólo Isabel es, por ahora, la persona a quien puede acercar a Cristo.
Y Cristo va con la Niña Virgen. Nadie lo sabe. Los viajeros de los caminos sólo ven una niña. Incorporada a una caravana, confundida entre los camellos y las gentes, a solas con su secreto gozoso.

Va con prisa.
Hace un camino de montaña, impulsada por el amor y la alegría. Una niña es el primer apóstol de Cristo Discreta, sin ruido, sin llamar la atención. Pisando los caminos trillados por los hombres. Como una más.
Lleva en el fondo de su corazón el gran secreto del Cielo. Hija de David, con sangre de Reyes, y vestida como las demás muchachas de su pueblo. ¿Será el gozo rebosante lo que la hace andar ligera?
¡El Redentor ya está con nosotros! Sólo ella lo sabe. El esperado por miles de años acaba de llegar. ¡Hay que comunicarlo! No importa que por el momento únicamente se pueda decir a una persona, ni que esté a tres días de camino, allá en las montañas de Judea. Tampoco que la mensajera sea una niña. ¡Hay que comunicarlo! Y la niña se pone en camino. Con diligencia.
II
Y el camino se viste de fiesta a su paso. Es la primavera siria, tan rotunda y explosiva. Ya han cesado las lluvias, ya han brotado las flores, ya se llenó todo de fecundidad y belleza. Es la época del brote de las vides, que regalan el verdor de sus sarmientos recientes a la alegría de toda la campiña. A lo lejos, más allá de las viñas lejanas, las montañas azules. Y un cielo limpio, muy limpio, que llena aún más de serenidad y alegría.
Por el camino de tierra, con viejísimas huellas de pezuñas de camellos cargados con todos los afanes, anda de prisa María. Este viaje es un ejemplo para todas las generaciones que después la vamos a llamar bienaventurada: Ir, por un camino de montaña, hacia arriba, y de prisa, cuando alguien nos necesita o se tiene algo importante que comunicar a los hombres.
Así es el vivir cristiano, así es la actitud de María, así nos lo enseña el Evangelio, aunque sea hoy difícil encontrar ejemplos vivos entre la vida aburguesada e inútil de muchos que le rezan.
Ponerse en camino, caminar de prisa por una vereda cuesta arriba y larga, dejar la propia casa sin que nadie nos llame o nos ordene, es algo incompatible con el egoísmo múltiple de nuestra época. Este proporciona a cada cristiano, para justificar su paganismo, mil argucias de la razón, por lo que se ha llegado a olvidar que las acciones que llegan al cielo son impuestas por el corazón.
Amamos la suerte de los que se encumbran a las alturas de las montañas; pero cuando intentamos subir, nos parece insoportable la cuesta arriba de la pendiente.
La actitud de la Niña Virgen, en su correr presuroso, nos habla con clara elocuencia. Los negocios de cualquiera de tus jornadas, y las mil preocupaciones o ilusiones que llenan tus días, no te dejan tiempo para pensar siquiera que esa prisa material tuya -si no la sobrenaturalizas-, como el huracán, sólo te hará desembocar en el vacío, salir a la nada.
III
Y crees que tu deber es quedarte en casa -aunque veas a la Niña nazarena dejar la suya-, como si no tuvieses nada que decir a los hombres que te esperan, o como si tu paso por la tierra no tuviera más sentido que el que tiene el de un corderillo, confundido en un rebaño anónimo, que únicamente deja tras sí una nube efímera de polvo.
Pero aplica un poco el oído y el corazón, y desde el silencio de tu palacio escucharás estremeciéndote los suspiros de los que sufren por su ignorancia, en todos los confines de la tierra. Yo sé que no has tenido más remedio que escuchar de vez en cuando, entre los resquicios que involuntariamente han dejado tus cosas, la irrupción de ese murmullo ensordecedor de voces desgraciadas. Ya sé que después ha causado entre amigos solamente los comentarios sobre el malestar del mundo. Pero ¿de qué sirven a los desengañados, a los hambrientos, a los despojados, tus comentarios sociales?
Hace falta cerrar los ojos y los oídos para no descubrir que hay alguien que nos grita y nos llama con desesperadas voces de angustia y agonía. Es a este mundo de nuestro siglo a quien nosotros hemos de llevar de nuevo a Cristo.
Un mundo enfermo de un mal, cuyos síntomas coinciden en señalar una catástrofe o una vuelta al salvajismo o a la barbarie. Un mundo que se desmorona como un edificio viejo, con grietas que a cada hora se hacen más profundas; un mundo que si en la Visitación puede estar representado por Isabel, en cuanto ella tenía una necesidad y una esperanza, María debe estarlo, en nuestras horas, por ti y por mí, que hoy más que nunca debemos ponernos en camino, con la misma prisa con que se puso entonces la Señora 1.
Un camino que será también cuesta arriba, hacia la montaña, y en el que, igualmente, habrá que dejar a la espalda un blando y sosegado plan de vida en el valle.
Y la Niña Virgen sigue su camino, presurosa. Corre y corre. Incesante.

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